El miedo es un tirano.
El miedo nos arrebata la libertad.
El miedo es un arma peligrosa contra nosotros mismos.
Si actuamos sometidos por el miedo, le damos al enemigo poder sobre nuestra dignidad.
Nada más que de todo un poco: reflexiones, opiniones y dispersiones o lo que me pasa por la cabeza.
lunes, 14 de abril de 2014
lunes, 7 de abril de 2014
Delirante delicia: El Gran Hotel Budapest
No es recomendable tener puestas
demasiadas expectativas en lo que está por venir porque, probablemente, nos
defraude. Suena cínico (algo que soy) pero es así. Resulta, sin embargo, demasiado
fácil caer en ello. Por ejemplo: cuando uno se dispone a zambullirse en una
película que viene precedida de buenos comentarios, esperando alguna clase de
maravilla, pero solo recibe un mero pasarratos. Ese era mi miedo ante “El Gran
Hotel Budapest”. Por eso me senté en la butaca del cine con un atisbo de
inquietud mariposeándome el estómago. Inquietud que, en la primera escena,
desapareció fulminantemente.
Esa escena inicial me despertó ya
la sonrisa, no humorística sino de placer. Había algo de poético en esa figura
femenina, casi atemporal, que entra en el cementerio y se sienta a leer. Con ese gesto, se abre el primer telón y digo
primero porque, después, se van abriendo otros. Igual que en una colección de matrioshkas, van saliendo historias
dentro de las historias hasta llegar a la trama principal. Era como ver crecer
un árbol que fuera ramificándose, hacia allí y hacia allá, y luego floreciendo
en una especie de explosión colorista. Porque, si algo hay en la película, es
color: un colorido particular que impregna cada escena de personalidad.
En medio de una escenografía que
a veces parece mágica, la brillante dirección artística regala un placer visual
tras otro y crea una atmósfera que oscila entre lo gótico y lo onírico. Además,
una gozada el vestuario, creación de Milena Canonero, ganadora de tres Oscar
por sus diseños para el cine.
¿Lo mejor? Probablemente el
elenco de actores, tan exactos en sus papeles todos ellos y además
desconcertantes, algunos, en sus prodigiosas caracterizaciones. Tilda Swinton,
sin ir más lejos; ojiplática quedé al darme cuenta de que era ella quien había
bajo la piel de aquella anciana de aire patético y trasnochado. Harvey Keitel
convertido en un presidiario calvo, tatuado y de lo más divertido. Willem Dafoe
en el papel de un psicópata asesino, tan creíble que escalofriaba. Un siniestro
Adrien Brody que apenas necesitaba hablar; con la mirada parecía decirlo todo…
Me alegra sobremanera haberla
visto en versión original: el timbre, las inflexiones y las tonalidades de
las voces de los actores son únicos. Ahora no disfrutaré igual de Ralph Fiennes
cuando le escuche doblado (aun considerando que el doblaje en España tiene buen
nivel). Descubrir su vis cómica ha sido todo un hallazgo que quisiera repetir si
es de forma tan elegante como esta. Y, junto a él, llevando a medias el peso de
la película, la joven revelación Toni Revolori, cuya expresividad es digna de
las comedias de cine mudo.
Al cine mudo parece remitir en
varias ocasiones la película, precisamente, por el delirante absurdo de su
humor que me hizo recordar a Buster Keaton o Harold Lloyd. O esa estética tan kitsch, ese toque estrafalario que pinta
cada escena con matices surrealistas. Porque la película está llena de
referentes, guiños y homenajes al cine y la literatura. Algún día volveré a
verla para desgranarlos con mayor cuidado, una vez asentado el entusiasmo de la
novedad (y sé que la volveré a disfrutar).
Otra pequeña exquisitez: los títulos
de crédito finales y su enérgico acompañamiento musical de balalaika. No hay
que perdérselos.
¿Lo peor? Quizá, la solidez
argumental que falla en algún momento. Según dicen los créditos, el guión está
inspirado en escritos de Stefan Zweig; tal vez esa amplitud inspiradora le da
esos toques deslavazados. El hilo de la intriga se sostiene con relativa
consistencia, pero lo suple con la agilidad del ritmo, con la soltura en las
transiciones y ese humor cínico, incluso negro, que lo sobrevuela todo y gana
el corazón.
En conclusión: la película brilla
con personalidad propia.
Ficha de la película:
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Morning Sun (Edward Hopper, 1952)
